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Título original: The Lone Ranger
País: Estados Unidos, 2013
Director: Gore Verbinski
Elenco: Armie Hammer, Johnny Depp, Tom Wilkinson, William Fichtner, Ruth Wilson, James Badge Dale, Helena Bonham Carter, Barry Pepper
Guión: Justin Haythe y Ted Elliott & Terry Russio
Música: Hans Zimmer

Había una época en que los héroes no volaban, no tenían superpoderes, no tenían llamativos uniformes y no eran oscuros, sino toda rectitud, con los valores de amistad, lealtad y justicia bien definidos.

Eran el epítome del hombre recto, bondadoso, invencible… y sus aventuras solían verse en la pantalla grande en aquellas ahora históricas matines que alimentaron la imaginación de varias generaciones, que veían con gusto cómo un sólo hombre era capaz de enfrentarse a los mejores villanos y ganarles, rescatando a la chica en peligro, restaurando la paz y haciendo prevalecer la justicia.

Sin ese clase de héroes no existirían los James Bond, Indiana Jones o Jason Bourne de la actualidad, e incluso ni siquiera Star Wars. Todos ellos son herederos de una tradición que, desafortunadamente, a las generaciones actuales -público menor de 35 años- no les interesa conocer o simple y sencillamente no les llaman la atención por ‘aburridos’, ‘ñoños’ o cualquier otro calificativo despectivo que se les ocurra.

Uno de esos héroes de antaño era El Llanero Solitario, cuya primera aparición al mundo ocurrió en la radio gracias a Fran Striker y George W. Trendle, quienes en 1933 lo llevaron a los oídos de la población estadounidense y desde entonces se convirtió en uno de los grandes iconos de la cultura popular de ese país y en uno de los héroes más característicos de su momento.

Posteriormente llegó a la televisión en un exitoso serial de la época, que se transmitió de 1949 a 1957 con Clayton Moore como el héroe enmascarado y Jay Silverheels como su fiel amigo, el apache conocido como Tonto en su versión original y como Toro en español. Juntos se convirtieron en uno de los dúos heroicos más famosos del mundo, que al poco tiempo fueron llevados a la pantalla grande con relativo éxito, pues más que nada eran personajes de y para la pantalla chica.

Ahora, tras el descomunal éxito de la saga de Piratas del Caribe, el director Gore Verbinski y el actor Johnny Depp vuelven a sumar esfuerzos para llevar de nuevo a la pantalla grande la historia del justiciero enmascarado, y aunque los resultados en la taquilla no han sido los esperados y ha sido calificada como un fracaso en ese sentido, creo que se ha sido muy injusto con la película, pues si bien tiene sus fallas, al final cumple su cometido de entretener.

La historia muestra el origen del Llanero: John Reid (Armie Hammer) es un recto abogado que en el Viejo Oeste de 1869 es testigo del asesinato de su hermano, Dan (James Badge Dale), un Texas Ranger, a manos del criminal Butch Cavendish (William Fitchner). Ayudado por el indio Toro (Johnny Depp), con el que ya había tenido un encuentro previo, John decide buscar justicia y evitar que Cavendish y compañía le hagan daño a a viuda de su hermano, Rebecca (Ruth Wilson) y su pequeño hijo. Pero para ello deberá pasar por un proceso de crecimiento y aprendizaje, al tiempo que se dará cuenta de que todo es parte de una conspiración que va más allá de lo que había pensado.

Verbinski muestra la experiencia adquirida tras hacerse cargo de las tres primeras cintas de Piratas del Caribe y saca adelante una historia que en otras manos habría sido una tragedia. Al filme se le ha criticado duramente, pero considero que sin mucha razón. Es cierto que tiene muchas fallas, que está llena de muchos clichés de las películas del Viejo Oeste y que el tono es irregular, pues por momentos parece una parodia y después se mete en terrenos más oscuros (un criminal que le saca el corazón a un hombre y se lo come, o la matanza brutal de comanches que realiza el ejército, son los dos más claros ejemplos de esto), además de que le sobra al menos media hora de duración y que el héroe principal tarda en hacer su aparición en toda su gloria.

Pero quizá era necesario gran parte de lo anterior. El que lleva la historia es Toro, quien en el San Francisco de 1933 está viejo y decrépito y forma parte de un espectáculo itinerante, al que llega un niño al que le cuenta la historia a base de flashbacks. Pero tanto él como John Reid tienen sus motivaciones, mismas que poco a poco son contadas por Verbinski y compañía. Es una de esas películas de las que ya casi no se hacen, en las que las cosas van tomando su tiempo, y no son contadas con el estilo visual hiperquinetico de la mayoría de los filmes actuales. Éste es cine a la vieja usanza, sin dejar de lado la espectacularidad.

¿Qué sería de una película del Oeste sin los clichés del género, como puentes que son dinamitados, largas y espectaculares persecuciones a caballo, un ritual indio, una chica en peligro, un traidor y, por supuesto, un robo de tren? Sería todo menos un western. Así que aquí los clichés se justifican. Aunque Verbinski abusa por momentos de ellos, en el contexto general de la película funcionan.

A nivel actoral la cinta funciona o no por el trabajo de sus dos protagonistas principales. Por un lado, Hammer, aunque no tiene gran nombre aún en el medio, le da al personaje de Reid ese aire de un James Stewart juvenil, y aunque al principio pareciera un niño mimado y hasta tonto, poco a poco va creciendo para convertirse en hombre. El talento de Hammer para la comedia le ayuda a sobrellevar esa parte, aunque luce realmente hasta la última cuarta parte de la cinta, cuando ya es el Llanero Solitario en pleno.

Por su parte, Depp hace de Toro una mezcla entre su Jack Sparrow y cualquier otro de sus personajes. Se le ha criticado mucho su actuación, pero en realidad cumple bien con darle vida a este desequilibrado y simpático indio. Y es que aquí cabe una aclaración pertinente: éste no es El Llanero Solitario ni de las radionovelas ni el de la famosa serie televisiva.

Es imposible, e injusto, comparar a estos dos personajes con la imagen que dejaron en particular Moore y Silverheels. La esencia y el origen son casi los mismos, pero a final de cuentas son el Llanero y Toro de esta película. Si se llega a ver el filme con una idea preconcebida en la cabeza, entonces el encanto se deshace. Si comienzan las comparaciones, se arruina la experiencia total.

Mención especial merece el trabajo de Hans Zimmer en la parte del score. Sin dejar de lado su característico estilo de los últimos años, pero mucho más medido y cuidado, Zimmer logra una partitura heroica, con elementos del Viejo Oeste en la instrumentación y que logra su punto más alto con su extraordinaria orquestación a la legendaria Obertura de Guillermo Tell, de Gioachino Rossini, que gracias a su uso en las series radial y televisiva del personaje, se ha vuelto inseparable del mismo. Mismo caso que Also Sprach Zarathustra, que ya se convirtió en el tema de 2001: Odisea del Espacio, de Kubrick.

No hay manera de percibir el heroísmo del Llanero sin el tema de Rossini, al cual Zimmer respeta y hace lucir con creces durante los últimos y emocionantes 20 minutos de la película, que por sí solos valen el boleto. Aquí cabe preguntar: ¿por qué no hizo lo mismo en El Hombre de Acero con el irónico y legendario tema de John Williams? Pero esa es otra historia. Su trabajo aquí es perfecto para el tono y ritmo de la película.

Insisto: aunque tiene sus fallas evidentes, en el contexto general, como un todo, El Llanero Solitario cumple con su misión. Ésta es una película para dejarse llevar, sentarse dos horas y media en una sala de cine y volver a ser niños otra vez. La bronca es que a la gran mayoría de los niños y generaciones modernas un héroe como El Llanero Solitario ya no les dice nada. Pero lo mismo pasaría si se hace una nueva versión de Indiana Jones: ya no es un héroe para la actualidad. Quizá esta versión sea un filme más para los nostálgicos o quienes aún tienen algo de su imaginación sin dañar.

Y es una tristeza, pues la sobresaturación de ofertas de blockbusters llenos de explosiones, efectos especiales, edición frenética y exposición sensorial ha mermado la capacidad de sentarse a ver un filme que tiene su ritmo, sus pausas, su intención, su historia. El Llanero Solitario no es perfecta ni mucho menos, pero es el tipo de cintas que se agradecen porque nos recuerdan que el cine está hecho, en su concepción original, para emocionarse, divertirse y dejar volar la imaginación ya sea en otros mundos, otros tiempos o, como en este caso, en una lejana llanura del Viejo Oeste…

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